Laboratori 01: Contes terminals (Ejemplo)

El escritor efímero

Cada mañana, un hombre escribía sobre la arena de la playa toda su vida; cada mañana, el continuo e incesante vaivén de las olas se llevaba igualmente su obra.

Escribía en silencio, presuroso, temeroso de que, por un día, la marea siempre constante avanzase la llegada de su cita ineludible. Las letras, las palabras, eran marcadas en la arena con un nuevo instrumento cada día; con una pluma, con una concha, con una piedra, con un dedo. Todo fluía con la maestría que tantos años habían dado al viejo escritor: el inicio de su vida, siempre igual, siempre constante; el final, siempre nuevo, siempre cambiante.

Aquella tradición la había empezado de niño, con las primeras mareas de su vida. A medida que su oleaje y bagaje aumentaban, los momentos pasados ante el mar avanzaban, crecían, y el ritual nunca incumplido adquiría mayor importancia. De buena mañana, el escritor se levantaba avanzándose al alba, convocándola con su premura. Vestía unos ropajes, sin importar cuáles, y se dirigía a su orilla en aquella apartada cala pedregosa que se había convertido ya en su hogar. Allí buscaba cualquier cosa, y así empezaba de nuevo la historia de su vida, en un continuo vaivén, en un constante recordar y escribir, en un fluido vivir de nuevo mientras mueren los momentos y renacen los recuerdos.

El primer día escribió con su propio dedo; fueron pocas líneas que la marea no tardó en borrar. El aún joven escritor se quedó quieto, erguido en silencio mientras el agua que acababa de llevarse su vida acariciaba sus pies. Tal vez ya supo en ese momento el rumbo que tomaría para siempre su vida. Probablemente comprendió entonces que ése era su destino, su único destino, más que ninguno otro, y el mar su nuevo compañero. El segundo día escribió con una piedra azulada, un cristal erosionado que para él fue el mejor de los zafiros del mundo entero. De nuevo la marea se lo llevó todo, y él lo contempló igualmente expectante ante el mismo milagro repetido.

Comenzó entonces un ciclo continuo, una retahíla de mañanas en las que, puntual, el ya no tan joven escritor le regalaba su vida al mar. El día que murió su madre escribió en la arena con un colgante del que ella nunca se había separado, y terminó dibujando una lágrima que el agua, al llevarse, licuó, y a la cual dio efímera vida justo antes de agenciársela. El día que conoció mujer escribió con uno de los tacones de la doncella, y finalizó con unos labios que el agua, al llevarse, besó largamente. Celebró el nacimiento de su hijo escribiendo, no con el dedo sino con toda su mano, el nombre del pequeño, que el agua, al llevarse, bautizó por vez primera. Lloró la marcha de su mujer y el hijo, cansados de un marido y padre más enamorado del mar que de ellos, con un corazón roto y vacío que el agua, al llevarse, recompuso y llenó de nuevo. Admitió entonces que el agua sería para siempre su compañera infatigable, su leal amiga infalible, su amante siempre complaciente. Continue reading

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Ácatos, el Destructor 34: Durmiendo

Y tras la fieshta loca llega la hora del sueño reparador… donde la espada de Ácatos, ahora imbuida del poder de la piedra y latiendo de vez en cuando, dará algún que otro problemilla…

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Una silla en el puerto

Uno puede decir, sin más, al verla: es sólo una silla en el puerto; una silla sobre las rocas del puerto. Algún pescador, cansado de sentarse sobre las rocas y pasar la tarde con el culo frío, la habrá puesto ahí; sólo eso.

Claro que otro puede ponerse a pensar: en El Peine del Viento, de Chillida; en las formas rectas y absurdas de la silla contra la línea del horizonte; en el muelle, que es piedra sobre piedra, un brazo humano adentrándose en el mar. En la sociedad que ha generado una silla; quién ha cortado la madera, quién la ha ensamblado, quién la ha transportado hasta ahí. Extinguida la sociedad, esa silla seguiría ahí (no mucho tiempo, no nos pasemos: la madera se pudrirá pronto). Luego perderá la forma y será sólo un armazón de moho; ¿en qué momento la silla dejará de ser silla y devendrá listones de madera?, ¿cuántos clavos tendrán que oxidarse para que deje de ser una silla?

Sólo es una silla en el puerto, sí; eso no significa que tengamos que limitarnos a ver una silla sobre las rocas del puerto.

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Ácatos, el Destructor 33: La celebración

Por fin nuestros héroes han terminado la peligrosa misión y han conseguido el objetivo: ¡llega el momento de disfrutar de la bien merecida fiesta de celebración por todo lo alto!


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“Laboratori” a la venta

Ya llevaba unos días con ganas de hacerlo; bueno, más que unos días, unos meses. Por mi ordenador corre una carpeta llamada “Escrits” que lleva ahí… buf, desde que tengo ordenador. En ella está todo lo que he escrito a lo largo de mi vida, desde que empecé con la primera novela (de la que no os voy a dar el título porque me da vergüenza) con 12 añitos. Lo gracioso es que, cuando finalmente tuve ordenador y la empecé a pasar a limpio (de hecho ni siquiera fue en mi ordenador, que no tuve hasta los dieciocho años, sino en el de mi tío), la novela cambió totalmente, y tengo dos versiones, una a mano en mi letra infantil de cuando tenía 12 años y otra aquí pasada a limpio.

Pues bien, remontémonos tiempo atrás, a los dieciséis o diecisiete años. Yo sabía que quería escribir: se me daba bien, me gustaba, disfrutaba haciendo redacciones e imaginando situaciones, así que, de vez en cuando, me ponía a escribir una novela. En seguida me venían a la cabeza algunas escenas, normalmente el principio, algunas del medio de la trama, y el final; y me ponía a escribirlas. Disfrutaba los primeros días; luego llegaban escenas que había que escribir… y que ya no me apetecían tanto, pero hacía un esfuerzo, venga que ya llegas a alguna de las que te gustan… y solía quedarme ahí, a las treinta o cuarenta páginas; creo que cuarenta era el límite de Chandrasekhar (ah, qué pasa… me gusta el nombre) que nunca conseguía atravesar.

Hasta que, en segundo de Bachillerato, con diecisiete añitos, angelito de mí, en la asignatura de Literatura Catalana nuestra profesora, Dolors Boix, magnífica, por cierto, y eso que al principio no nos llevamos bien, nos empezó a hablar de Mercè Rodoreda, pues teníamos que estudiar una de sus mejores novelas, “Mirall trencat”. Y nos explicó que Rodoreda empezó con novelas, sí, un conjunto de novelas de juventud que luego rechazó (y que es lo que tendría que haber hecho yo con algunos de estos cuentos, sino todos, si no fuese tan egocéntrico… en fin, que tenga un blog ya os da una pista, sin embargo), pero que, tras esa etapa, se pasó a los cuentos. De ahí salieron “Vint-i-dos contes” o “La meva Cristina i altres contes”, sin ir más lejos.  Continue reading

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Ácatos, el Destructor 32: Victoria

Y llega el momento del enfrentamiento final: Ácatos, el Destructor, solo ante los dos esqueletos. ¿Cómo escapará nuestro valiente héroe de tan terrible peligro?

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Un puzzle (en imágenes)

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Mienten; sólo vale más que mil palabras que intentan describir esa misma imagen. Porque la imagen, más allá de enfoques y marcos, es nítida y unívoca; la palabra es sinuosa, esquiva, apunta pero incluye el dedo que señala hacia el concepto; sugiere, y hay mil formas que escapan tras cada una de esas flechas. Y, sin embargo…

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Un puzzle (en palabras)

Lo compras por la imagen de la portada; pero al abrirlo es sólo un montón de piezas, una marabunta de formas y colores. Intentas encontrar sentido al caos, darle forma a lo que no la tiene; y el primer sostén que te aparece son las piezas del borde, la línea recta que te salva la vida y con la que consigues formar un rectángulo. Un marco maravilloso donde todo quedará contenido: ya no juegas en las formas ilimitadas del caos, ahora hay un orden, un primer indicio de que esa sinrazón podrá ordenarse.

Separas las piezas más obvias: el azul del cielo, claro, el blanco del reflejo en el lago; las piedras marronosas, y el templo amarillo, dorado, resplandeciente; lo demás es una cacofonía de verdes y sombras, de hojas y de tierra, de algas reflejadas en las aguas del lago. Y vuelves a lo sencillo: a la civilización, que tiene ángulos rectos y huye de las formas sinuosas; al tejado, a las barandas, a las tejas negras; a las piezas que conforman el límite, pues cuando hay dos colores en un mismo lugar sabes sin duda en qué frontera te encuentras.

Y tienes una isla: algo que flota en la nada, perdido en el inmenso océano contenido entre los márgenes cuadrados. Lo vas moviendo a medida que otras piezas empiezan a encajar: debe de ir aquí, no, un poco más a la derecha… Mientras, sinuosas, las aguas del lago, el reflejo blanco del cielo gris, va cobrando forma, creciendo desde su esquina, reptando hasta encajar, en un momento de plenitud, con las formas del edificio, con las piedras que lo sostienen sobre las aguas.

Y de repente ya no es una isla, un archipiélago, una marea de piezas amorfas flotando en el vacío: ahora son la firme convicción de una forma, y las islas, el vacío, es sólo lo que queda por llenar. Al unir una sola pieza dejas de tener pedazos de una imagen y consigues una imagen a la que le faltan pedazos; sólo con una unión, un simple encaje. Y todo cambia, porque ahora sabes a dónde vas.

Pero viene la parte más difícil: porque hasta ahora habías escogido las fáciles, las de colores claros, pero ahora tienes que buscar en la maraña cambiante de verdes: cuál será el del pino en primer plano y sombras oscuras, cuál el de las pequeñas plantas que reptan sobre la tierra, cuál de los abetos lejanos que hay al otro lado del río… Y alcanzas un conocimiento íntimo de cada verde; no puedes explicarlo porque no hay palabras, pero lo sabes, miras una pieza y sabes a qué grupo pertenece; estableces un diálogo íntimo con el puzzle. ¿Cuántas veces os ha pasado que buscas sin cesar una pieza, sin moverte, en silencio, en plenitud, y alargas la mano y la sostienes entre los dedos y la encajas, sin duda, una entre cien, una entre mil, porque sabes, simplemente, que va ahí?

Estableces un diálogo, una charla con el puzzle: lo conoces. No es un reto: es un amigo, un cauce. “No sé cómo puedes perder el tiempo así”, “yo no tendría paciencia…”; sólo se trata de un lugar en el que estás tú mismo, y una herramienta que te asiste en el momento. Y un triunfo, ya cercano.

Porque pones el último verde y sólo queda el azul, los mil azules del cielo y las nubes de plomo gris; aquí no hay atajos, hay que ir probando, lo intentas con los claros y consigues unas cuantas, lo intentas con los grises y consigues otras más… Al final sólo hay unos cuantos huecos; y, extrañamente, mientras haya un único agujero sigues sin ver la imagen: son sólo colores, formas, rectas que debes seguir para atisbar qué ocupa qué lugar. Pero, cuando no quedan huecos, de repente la imagen salta: y te alejas, y la miras en la distancia, y el borde de las piezas se funde con las colindantes y no hay nada, ni rastro de esas grietas; desde lejos es sólo una imagen, y hay silencio en ti.

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Ácatos, el Destructor 31: ¿Listos?

Y de nuevo tenemos dos esqueletos… pero esta vez nuestros protagonistas cuentan con la inestimable ayuda del Dummy-Ácatos… y con el terrible poder del ingenio de Ácatos, al que no en vano llaman el Destructor (¡y pobre del que ose hablar de delfines-concede-deseos!).

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4′ 33” o el juego ideal de Deleuze

Todo empezó con este juego: Crayon Physics. Tiene una mecánica muy simple: se trata de ir dibujando cuadrados, rectángulos y hasta círculos para conseguir con ellos que una bola ruede y alcance una estrella. Así de simple. Se pueden hacer cosas algo más complejas, como palancas y contrapesos; y todo dibujado sobre un fondo que simula la hoja doblada de un cuaderno y con una musiquita de nana que te va calando y aumentando la sensación de mundo mágico.

Como ya conocía la página, fui descubriendo otros juegos, todos igual de simples, incluso más. Bloody Zombies, por ejemplo, donde el protagonista tiene que ir descuartizando zombies (y como el protagonista mide como mucho un par de píxeles, tampoco hay que preocuparse mucho por la vistosidad de las vísceras) para conseguir llenar la pantalla de sangre y acceder a los niveles superiores. O Moo at the Moon, donde, aprovechando la fuerza gravitatoria de las estrellas, hay que conseguir que una vaca alcance la luna… mientras la oyes mugir de vez en cuando. Es un juego tan… simple, y absurdo, que de vez en cuando tienes que detenerte y reírte: del juego, de ti mismo, de lo que estás haciendo; del universo entero. Y todo eso, ahí es nada, por una vaca que vuela.

Y entonces descubrí, hace muy poco, este otro. 4′ 33”; o, dicho de otro modo, cuatro minutos, treinta y tres segundos. El nombre, así como la duración, no es baladí: John Cage tiene una… canción, supongo, llamada así, “4′ 33”“… que transcurre en silencio. No es una canción para vender, como pretendió hacer iTunes (no sé si aún lo hará) sino para escuchar: para ser consciente del silencio, o de la ausencia de silencio, de cómo siempre hay sonido a nuestro alrededor, seamos o no conscientes de ello. O es una soberana mamarrachada, claro, depende de cómo uno quiera considerarla. Continue reading

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