Y de repente, una mañana…

…llegas a casa del trabajo y abres el balcón. Sales al aire libre, que se ventile la casa, que te ventiles tú, y miras tus pobres plantas: como lleva días lloviendo las regas erráticamente, como es invierno, o al menos hace frío invernal, ya no las regas cada día, y aún no has encontrado el ritmo de esta estación, porque el frío y la lluvia van y vienen.

Así que sales al balcón y miras las pobres plantas: los cactus bien, el melocotonero así asá, perdiendo hojas, los meloneros, pobres, cada día más mustios… y de repente, sin esperarlo, te agachas a mirar el bosque de cactus, un cuenco de barro donde plantaste diez cactus pequeños y donde cinco sobreviven… y te das cuenta de que uno, el pequeño, ha florecido, y tiene un brote al lado a punto de florecer.

Y eso vale por una mañana; qué digo por una mañana, por un día entero :)

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Dos años haciendo el tonto con la cámara…

Si hace poco celebrábamos las primeras 10.000 fotos, ahora se acerca el momento de conmemorar los dos años con la cámara. Llegará un día en que esto será como la portada de Google, que habrá tantas fechas por conmemorar que cada día tendremos una; pero, en fin, si nos sirven como buena excusa para algo más que un dibujito, bienvenidas sean.

Me compré la cámara el 20 de Octubre de 2010 en el Fotoprix de Carrer Casp, en Barcelona. Una Canon Ixus 130, naranja, pequeña, mona, manejable, compacta, guay. Creo que me costó 225: la cámara sola costaba 190, pero te hacían un pack que incluía la cámara, una funda, una batería de recambio, un minitrípode que sólo he usado dos o tres veces y un vale para un álbum a todo color de unas cincuenta páginas que hice al cabo de cuatro meses y del que estoy más que contento, porque quedó bien, la verdad.

Nunca había querido tener cámara: de hecho estaba hasta orgulloso de ello y rememoraba una y otra vez la (¿sentencia?, ¿anécdota?, ¿el caso?), lo que sea de Virginia Woolf: que casi no había fotos de ella porque no le gustaba su propia imagen; creo que algún personaje femenino de Las Olas arrastra consigo esa condición.

Pero, en fin, viendo cómo terminó la buena de Virginia, pues es buena señal que tarde o temprano me diese por cambiar, ¿no? No tengo fotos del piso de Barcelona, casi, ni de Periodismo, salvo las pocas que hicimos en la asignatura de Fotografía (recuerdo una tarde en que pedimos prestada la cámara, una Reflex, claro, y salimos con Marta y Jaume a fotografíar lo que nos diese la gana por el campus; en la asignatura estábamos bastante limitados, y nuestro grupo terminó haciendo un tema que daba bastante de sí: el agua en la UAB). No tengo fotos de Berlín mías, aunque sí tengo las que hicieron los que vinieron a verme; y gracias a Eloi, que hizo un vídeo entero del piso donde vivía y que es el único documento que me queda para recordarlo.

Decía entonces, o lo pensaba, o ambas, que no quería hacer fotografías: que me bastaba con el recuerdo. Algo de eso hay, en el paso a fotografía: hay veces en que me he tenido que obligar a dejar la cámara y mirar eso, lo que fuese que quería fotografiar, pensando: no, ahora no, ahora míralo, disfrútalo, con tus propios ojos; no lo conviertas en una imagen.

Como todo lenguaje, la cámara transforma aquello que describe; como lo hace el idioma, la cámara, las matemáticas y hasta la música, tal vez la más distorsionadora; quién sabe si no necesitaremos de tal distorsión, por no ser capaces de abastar la realidad en su propio lenguaje… Sigue leyendo

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Ácatos, el Destructor 39: Siguiendo a los robots

No, ninguna forma de vida ha sobrevivido en Ashland… pero el lugar está habitado; está definitivamente habitado…

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Progresión azul

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New fields, new horizons

The first novel I tried to write was in Spanish. The language was not really my choice: it was about the worlds of fantasy I used to read in that time, The Lord of the Rings, Dragonlance, The Fionovar Tapestry, The Death Gate Cycle and so on, even the board game Warhammer. And, since the contact I had with these worlds was in Spanish, for that was the language of those books, the novel in which they were to appear might too be in Spanish.

I will not say the title of that novel; I’m ashamed of it. I will tell, however, that there were two versions of it: the first one, which I wrote in a notebook, and the second one, which was supposed to be the same in a computer file but, in the end, was something completely different. It may be possible, too, that some of the main characters of the novel were… well, known to this blog. Even some friends. I will write no more. Please.

I was twelve, then. After that, for a long time, there was silence. Which is, also, the title of a beatiful Blind Guardian song from A Night at the Opera, And then there was silence.

I attempted a second novel when I was 15. It was not meant to be a long one, since I already knew the problem with the long ones: there are chapters you do want to write but there are those, boring, spaces between them where you get stacked and everything goes slowly until it dies… It wasn’t meant to be a long one, but it was even shorter than that: I think I only wrote thirty pages, not much more.

It was in Catalan, since Catalan was the language I used more often in high school and also the one I used to think -or to speak to myself, which is probably the same with the only difference being that the first one is a monologue and the second one a dialogue… well, with yourself. It might not be a surprise, then, that, when I started to write those short stories I’ve already spoken about in some entries of this blog, they came out in Catalan. Except one, The Ephemeral Writer. It was meant, as were all of them then, to be in Catalan. But there were three words at the beginning of the first sentence, “constant” and “incessant”, that only gather, when they meet, the sound of two vowels in Catalan, but of four of them in Spanish: “continu i incessant” in front of “continuo e incesante”. It may seem a triviality, but it is important; what else, but the sound of the words, if you are a writer?

So, that particular tale was in Spanish, but the others remained in Catalan.

Then, when I was almost 19, after… everything that shattered what was then my life, and after writing some more short stories, I wanted to do a novel -I needed to write a novel. I needed a whole world, a foreign place too complex to be told of in just some pages. I thought, for a long time, if I wanted it in Catalan or in Spanish. I did not care, in that time (I guess I still don’t… it does not really matter, given the amount of books I sell nowadays…), so the only perspective I focused on was the literary one: how did everything sound in every language?

There was a capital word in that unfinished, unpublished, perhaps even unreal or unwritten novel: Mother. Not only the name of a person, a woman, but also the name of a Goddess, a city, a faith and a pray. But that word in Catalan, “mare”, was the one I used to call my mother with. In Spanish, however, it was just another word; one without a special meaning to me.

So, the novel was in Spanish; and so, I guess, I write till today in that language. Sigue leyendo

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Ácatos, el Destructor 38: Los habitantes de Ashland

Ahsland: un erial desolado, un lugar maldito azotado por el terrible ataque del dragón Ancalagón; una llanura baldía donde ninguna forma de vida ha conseguido sobrevivir…

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Se acerca el invierno

Lo cual, dadas las definiciones circulares de las estaciones y el paso del tiempo y el movimiento de traslación de la tierra alrededor del sol con sus, ehem, últimamente más que exageradas llamaradas solares, tampoco es ningún drama: sólo significa que hay que dejar atrás las chancletas, pillar las bambas y abrigarse los pies con calcetines. Y también, claro, coyunturalmente, que uno anda más deprisa, recorre más camino, ve menos cosas, o ve más pero se fija menos en ellas.

Pero también, sin mucho abalorio, se puede convertir la frase en ‘winter is coming‘. Que antes tenía cierta gracia, era casi un emblema, un gesto secreto como lo es aún el de esconder el pulgar entre dos dedos -pese a que no me sienta para nada perteneciente a esa asociación, y cada vez menos-, y ha devenido hoy en un chascarrillo sin sentido; hasta en algo cansino.

No, no, no nos ponemos pedantes (todavía; ya se verá cómo acaba esto). No tiene nada que ver con élites, castas y gustos minoritarios, ni con masas y multitudes; se trata, simplemente, de las distintas implicaciones.

Decir ‘winter is coming‘ hace dos o tres años implicaba, sugería, al menos, la pertenencia a uno de los siguientes grupos: A, lector de fantasía y, probablemente, por extensión, de ciencia ficción, B, amigo de n tal que n∈A, o C, lector (supondremos ∉A, pese a que AUC no tiene porqué ser disjunto) que había tenido la chiripa de acabar con un tomo de Canción en las manos, con lo cual, y es casi directo, m∈C ⇒ m∈C’, donde C’ es el conjunto de lectores voraces, puesto que un lector ocasional no prueba surte con libros que no conoce. (Sólo por pasar el rato, yo pertenezco a los cuatro conjuntos, bwahahahá). Sigue leyendo

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Ácatos, el Destructor 37: Cenizas

Y por fin nuestros protagonistas consiguen abandonar la posada infernal donde tantas (¡y tan largas!) penurias han pasado y vuelven a ponerse en camino…

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Definiciones no circulares de verano

Tras la larga búsqueda del otoño que nos llevó gran parte del año pasado, acabamos en un punto muerto: o lo definíamos mediante decreto, el otoño es para mí, y punto, yo proclamo; o seguíamos como al principio, el verano es el fin de la primavera y el preludio del otoño, lo que nos llevaba a definiciones circulares en las que el verano acabará siendo en función de lo que sean el otoño, el invierno y la primavera; más que una piedra inamovible, una red en vibración constante.

La lectura de EOn, de mister Bear, está siendo, cómo no, fructífera, y hasta longeva, si me apuran (chiste privado :P). Es, diría, el primer escritor que leo que describe bien cómo funciona la mente de un matemático al intentar resolver un problema; lo cual nos lleva a la duda de si hay que ser matemático, o físico al menos, o científico, que parece que es lo que Bear es, para poder entender cómo funciona esa mente; si habrá que ser cocinero para entender la mente de un cocinero, e ilustrador para entender la de un dibujante; si, en última instancia, los escritores llevamos veintiocho siglos dando tumbos y hablando de nsootros mismos y disfrazándolo como discursos grandilocuentes sobre la humanidad.

En fin, que nos vamos. La lectura de EOn y ciertas reflexiones sobre las matemáticas, donde algunas de las definiciones no dejan de ser tautologías elaboradas (sólo que, por gracia de dios, el universo o vaya usted a saber, luego nos sirven y ahí están los físicos para aplicarlas al mundo real, R^n, n por determinar) y, sobre todo, el final del verano, la llegada del otoño, el estallido del frío y de las primeras lluvias, me han llevado, más que a intentar solventar algo de lo conseguido el año pasado, a proponer definiciones nuevas del verano. Que, no lo olvidemos, es una forma de definir el otoño. Y, tampoco lo olvidemos, todas ellas son falsas, falibles, personales, puede que transferibles, o no, eso queda a decisión del sujeto; y simples palabras, sonidos, aire; la nada, que se lleva el viento.

El verano es un balcón siempre abierto y un comedor que se extiende hasta un jardín, verde, infinito, coronado, que no limitado, que nunca terminado, por la pared trasera de una mansión deshabitada donde las golondrinas han hecho su nido.

El verano es el vuelo de las gaviotas desde el edificio contiguo.

Es tirarse en el balcón y dejar que el aroma de la tierra húmeda, de plantas recién llegadas, se confunda con el humo de los amigos fumadores.

Poner los pies sobre la baranda, caliente por el sol, mientras el toldo, una cortina azul desgastada, se mece y te protege del calor abrasador.

El verano es un pasillo largo donde el viento no deja de correr.

Recorrer el camino de la playa, lleno de gente paseando o en bici; el olor del mar, el sonido de las olas, el paso rítmico de la arena bajo los pies de las sandalias. Detenerte, girarte, contemplar la inmensidad de lo que te rodea y estar en paz; eso es el verano.

Regueros de hormigas que te cortan el camino y te hacen saltar, como un tonto, dando pasitos para evitarlas; que también tienen derecho a su verano.

Las plantas, las plantas que crecen por doquier, ingeniándoselas para seguir brotando de entre la tierra seca, de entre las piedras, de entre las rocas donde no hay suelo y uno no puede más que maravillarse.

Las cigarras, estridentes en la noche.

Pasear, cerca de casa, mientras es tarde y anochece, sabiendo que al llegar al comedor te ducharás para quitarte el polvo del camino, te prepararás una ensalada y te sentarás a mirar un capítulo de True Blood con las ventanas abiertas y el aire de la noche corriendo.

Una cala, una cualquiera, rodeada de piedras, donde el agua es transparente y cada vez que te sumerges y abres los ojos ves los peces y los rayos del sol queriendo penetrar bajo el mar.

Una toalla roja, una sombrilla roja, una gorra roja; volver de la playa y pasar por el McAuto a por un helado o una hamburguesa de un euro y comértela en cualquier sitio, cualquier playa, sin que importe nada, sin que haya tiempo ni preocupaciones ni necesidad de abrigo o refugio.

El silencio; el silencio de una noche de luna llena.

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Naturaleza muerta sobre fondo turquesa


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