El escritor efímero
Cada mañana, un hombre escribía sobre la arena de la playa toda su vida; cada mañana, el continuo e incesante vaivén de las olas se llevaba igualmente su obra.
Escribía en silencio, presuroso, temeroso de que, por un día, la marea siempre constante avanzase la llegada de su cita ineludible. Las letras, las palabras, eran marcadas en la arena con un nuevo instrumento cada día; con una pluma, con una concha, con una piedra, con un dedo. Todo fluía con la maestría que tantos años habían dado al viejo escritor: el inicio de su vida, siempre igual, siempre constante; el final, siempre nuevo, siempre cambiante.
Aquella tradición la había empezado de niño, con las primeras mareas de su vida. A medida que su oleaje y bagaje aumentaban, los momentos pasados ante el mar avanzaban, crecían, y el ritual nunca incumplido adquiría mayor importancia. De buena mañana, el escritor se levantaba avanzándose al alba, convocándola con su premura. Vestía unos ropajes, sin importar cuáles, y se dirigía a su orilla en aquella apartada cala pedregosa que se había convertido ya en su hogar. Allí buscaba cualquier cosa, y así empezaba de nuevo la historia de su vida, en un continuo vaivén, en un constante recordar y escribir, en un fluido vivir de nuevo mientras mueren los momentos y renacen los recuerdos.
El primer día escribió con su propio dedo; fueron pocas líneas que la marea no tardó en borrar. El aún joven escritor se quedó quieto, erguido en silencio mientras el agua que acababa de llevarse su vida acariciaba sus pies. Tal vez ya supo en ese momento el rumbo que tomaría para siempre su vida. Probablemente comprendió entonces que ése era su destino, su único destino, más que ninguno otro, y el mar su nuevo compañero. El segundo día escribió con una piedra azulada, un cristal erosionado que para él fue el mejor de los zafiros del mundo entero. De nuevo la marea se lo llevó todo, y él lo contempló igualmente expectante ante el mismo milagro repetido.
Comenzó entonces un ciclo continuo, una retahíla de mañanas en las que, puntual, el ya no tan joven escritor le regalaba su vida al mar. El día que murió su madre escribió en la arena con un colgante del que ella nunca se había separado, y terminó dibujando una lágrima que el agua, al llevarse, licuó, y a la cual dio efímera vida justo antes de agenciársela. El día que conoció mujer escribió con uno de los tacones de la doncella, y finalizó con unos labios que el agua, al llevarse, besó largamente. Celebró el nacimiento de su hijo escribiendo, no con el dedo sino con toda su mano, el nombre del pequeño, que el agua, al llevarse, bautizó por vez primera. Lloró la marcha de su mujer y el hijo, cansados de un marido y padre más enamorado del mar que de ellos, con un corazón roto y vacío que el agua, al llevarse, recompuso y llenó de nuevo. Admitió entonces que el agua sería para siempre su compañera infatigable, su leal amiga infalible, su amante siempre complaciente. Continue reading











































































